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Reseña · Novela · Thriller
Sé agua: el thriller que se atreve a contarnos 2050
Andrés Ortega lleva décadas estudiando el impacto de la inteligencia artificial. Ahora lo ha escrito en forma de novela negra. Y el resultado se lee como una advertencia.
Hay novelas que se disfrutan y novelas que se discuten. Sé agua pertenece a esa segunda categoría, más rara y más valiosa: se termina y uno necesita hablar de ella con alguien.
Andrés Ortega (Madrid, 1954) no es un novelista que se haya documentado sobre inteligencia artificial para escribir un libro. Es al revés. Ortega lleva décadas siendo uno de los analistas españoles que mejor ha estudiado el impacto social y geopolítico de la tecnología, y esta es su segunda novela. Esa diferencia se nota en cada página. Cuando describe el Madrid de 2050 no está imaginando: está extrapolando. Y ahí está justamente la fuerza del libro.
El punto de partidaDe qué va Sé agua
Seth Carbonell trabaja de camarero en La Esquina Redonda, un bar de la plaza de Santa Ana —«Santana», en el habla del futuro— en el centro de Madrid. Una tarde de febrero atiende a tres directivos asiáticos que piden hamburguesas de carne sintética y grillos fritos con miel. Minutos después, dos de ellos se desploman sobre la mesa. Están muertos. Y no son los únicos: esa misma tarde, por toda la ciudad, decenas de ciudadanos chinos caen fulminados por un agente químico que nadie identifica y que nadie reivindica.
El detalle importa: todas las víctimas son chinas. En un mundo dividido entre la Unión de las Libertades y la Confederación Confuciana, que años atrás estuvieron a tres días de aniquilarse mutuamente en la llamada Cuasi Guerra, un atentado selectivo contra chinos en suelo europeo no es un crimen. Es una mecha.
Seth, sin embargo, no es un camarero cualquiera. Es doctor en Psicopsiquiatría de Máquinas —sí, existe esa carrera en 2050— y escribió su tesis sobre el inconsciente de las inteligencias artificiales, aplicándoles un test de Rorschach adaptado. Acabó sirviendo cañas tras un despido injusto y tras el suicidio de su padre, arrastrado por la DesgracIA: el lunes en que un algoritmo llamado QB3-RE decidió que millones de directivos, ingenieros y programadores de todo el mundo eran prescindibles.
Cuando una coronel de Interpol llama a su puerta, no le pide que se convierta en policía. Le pide algo más interesante: que sea detective.
EstructuraUn thriller que se mueve por dos mundos a la vez
La investigación transcurre simultáneamente en el mundo físico y en Tlön, el metaverso único en el que vive buena parte de la humanidad. El nombre es un homenaje explícito a Borges, y no es un guiño gratuito: la novela entiende que Borges inventó el metaverso antes de que existiera la palabra, y construye sobre esa intuición un espacio narrativo con reglas propias, moneda propia y crímenes propios. Matar al avatar de alguien es delito. Hay burdeles, mezquitas y cementerios virtuales. Hay una taberna llamada La Caverna de Platón donde los personajes quedan a tomar cañas que pagan con dinero digital.
De ahí arranca una persecución que lleva al lector de Madrid a Barcelona, de un suburbio de Bangui a un pueblo perdido de Texas, y de ahí a una aldea noruega de cien habitantes en un fiordo. Ortega maneja ese despliegue geográfico con soltura y con un instinto muy fino para el capítulo corto y el cierre en suspenso. Los últimos tramos del libro se leen de un tirón.
Lo mejorLa textura del futuro
Si algo distingue a Sé agua de otras novelas de anticipación es la densidad de sus detalles cotidianos. Ortega no explica su mundo con discursos: lo sirve en una mesa. La paella de insectos. El debate eterno sobre si lleva cebolla. El botón detrás de la oreja que traduce del mandarín en tiempo real y que ha vuelto innecesario aprender idiomas —empobreciendo de paso todas las lenguas—. Los «sobrantes», ese 40 % de la población para el que ya no hay trabajo y a la que se entretiene con renta básica y realidad virtual. La «metaversitis», la enfermedad de quienes ya no distinguen entre sus dos realidades.
Es en esos detalles donde la novela hace su trabajo más sutil: te acostumbra a 2050 hasta que dejas de encontrarlo raro. Y entonces te das cuenta de que casi todo lo que estás leyendo es una consecuencia razonable de algo que ya está ocurriendo hoy.
Los personajes acompañan. Seth es un narrador reflexivo, contradictorio, muy consciente de sus propias incoherencias: se declara enemigo de la tecnología mientras vive dentro de ella. Baccarat Thibault, hija de india y francés, activista climática que arrastra la sospecha de que su madre fue responsable de una matanza, es probablemente el personaje mejor construido del libro. Y la coronel Naina Chaudhary, con su pragmatismo cortante, funciona espléndidamente como contrapeso.
La novela dedica varios capítulos a seguir a una mujer centroafricana, Alphonsine, en una línea argumental que parece paralela y que acaba encajando con la principal de una manera que da un giro completo al sentido del libro. Es el mejor movimiento estructural de la novela, y no diremos una palabra más.
El título«Sé agua» no es decorativo
Es la frase de Bruce Lee, que a su vez bebe del Tao Te Ching de Lao Tzu —la novela abre con esa cita—. En manos de Ortega deja de ser una frase motivacional para convertirse en algo más incómodo y más útil: un método. Seth y su grupo lo llaman «inteligencia líquida», y es su forma de organizarse sin centro, sin jerarquía, sin dejar rastro. Fluir para resistir.
Pero la novela es lo bastante lista para no quedarse ahí. En un momento memorable, unos radicales que jamás han oído hablar de Lao Tzu adoptan el mismo lema para sus propios fines. El agua sirve a cualquiera. Es una idea que se queda con uno mucho después de cerrar el libro.
Recomendación¿Para quién es esta novela?
Sé agua es una novela discursiva. Su narrador se detiene a menudo a explicar cómo funciona el mundo, y esas digresiones —sobre justicia algorítmica, sobre libre albedrío, sobre confucianismo, sobre longevidad desigual— son inseparables del proyecto del libro. Si buscas un thriller de puro ritmo, este no es tu sitio.
Si lo que buscas, en cambio, es una novela que te devuelva algo para pensar, estás ante uno de los libros más ambiciosos publicados en español en los últimos años. Funciona especialmente bien para quien disfrutó de Black Mirror y echó de menos que alguien lo escribiera con esta profundidad. También para lectores de Kim Stanley Robinson, de Ted Chiang o del Borges más especulativo.
Y el final —esas tres líneas que cierran el epílogo— es una pequeña joya que anuncia que esto no ha terminado.
